Dos morras en la sala, acomodadas en el sillón como en su casa. La de la playera rosa y falda negra trae el pelo suelto y cara de preocupada por algo. La otra lleva saco blanco sobre una blusa oscura, más arreglada. Entre las dos la cosa se va calentando hasta que ya ninguna respeta el asiento.
El saco acaba doblado en el brazo del sillón. La jarocha tiene un cuerpo que no perdona y se le disfruta de arriba abajo, hasta que le dejan la piel bañada en lechada. Después de eso ella solo se acomoda la falda y se queda sentada, como si fuera lo más normal del mundo.
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